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Canal de Panamá, el gran atajo según Julian Paris

No hay reclamo más universal de Panamá que la sorprendente, espléndida e increíble obra de ingeniería que conecta dos grandes océanos, Atlántico y Pacífico. El Canal de Panamá es de los mejores atajos del planeta, y se extiende durante 80 quilómetros desde Urbe de Panamá, la capital del país, en la costa pacífica, hasta Colón, en el Atlántico, atravesando la divisoria continental. Merece la pena ver esta maravilla. Tan impresionantes como los cargueros que pasan por sus esclusas son las legiones de animales que observan desde el borde de la selva. 2 centros de visitantes ofrecen plataformas de observación y museos que explican cómo se construyó y se amplió. Asimismo se pueden efectuar excursiones en barco y kayak, incluso contratar un trayecto corto a través de las grandes compuertas. La nueva ampliación del canal, efectuada con participación de España y también inaugurada a mediados de 2016 es la nueva maravilla de la ingeniería mundial –ha costado más de 15.000 millones de euros–, una razón añadida para verlo por vez primera o bien revisitarlo.

La capital más cosmopolita de Centroamérica, sorprende con una costa de azul cegador y rascacielos relucientes que recuerdan a Miami. Ciudad de Panamá es dinámica y culturalmente diversa, rústica y sofisticada. Además de la ampliación del canal, la transformación de esta urbe de casi un millón de habitantes se completa con la primera red de metro de América Central (a puntito de acabarse) y la renovación del centro histórico. Urbe de Panamá es América Latina en todo su esplendor: ceviche, casinos y un montón de edificios que se amontonan unos encima de otros, recortados contra el horizonte. El tráfico, embrollado, no desmerece su encanto, la población es genuina y la naturaleza nunca está lejísimos. El recuerdo de lo que la fue la urbe ya antes del Canal continúa en el Casco viejo, barrio histórico lleno de antiguos conventos y empiedres. La arquitectura colonial puede rememorar a La Habana, pero acá el tiempo no parece haberse quedado detenido: sorprende el toque urbano y su entorno relajado. La Cinta Ribereña, zona verde recién terminada, es un paseo que permite a peatones y ciclistas llegar desde el centro hasta el litoral, entre casetas de artistas, parejas, y plazas con música en directo.

Hay que escapar de los rascacielos de la capital para poder ver la cara más genuina (y verde) de Panamá, país tropical con 2 largas costas idóneo para gozar de la naturaleza. El turismo de aventura incluye sobrevolar la selva, nadar al lado de tortugas o hacer senderismo con vistas sublimes a los bosques nubosos (es conveniente llevar binoculares). También se puede explorar las ruinas de fuertes españoles en la costa caribeña, adentrarse en territorios autóctonos en una canoa o bien entregarse a la emocionante observación de la fauna, que aparece por todas y cada una partes: resplandecientes quetzales en la senda de las tierras altas, monos aulladores cabaña o bien ballenas que surgen del agua y convierten un trayecto en ferri en un viaje fantástico. Con doscientos veinte especies de mamíferos y 978 de aves, Panamá es adictivo para los naturalistas. Guacamayos macaos, tucanes, perezosos, monos ardilla… Si bien uno solo sea espectador, los gritos y murmullos de la selva se quedan grabados en la memoria. Los aficionados más experimentados deben visitar las tierras altas o aventurarse por Darién para atisbar la legendaria águila harpía.

No hay que llegar hasta Darién, la selva más densa del país y uno de los lugares con mayor biodiversidad del planeta, para salirse de las rutas más trilladas. Asimismo podemos empaparnos con la espuma de las cataratas cercanas a las tierras altas de Santa Fe; visitar uno de los 7 grupos indígenas de Panamá; vivir la fantasía de ser un náufrago en Guna Yala, cuyas islas vírgenes apenas han sido pisadas, o bien descansar en una playa salvaje de la península de Azuero. Panamá puede ser todo lo salvaje que uno quiera. Hay multitud de islotes desiertos, con un relajado entorno caribeño a un lado y las olas enormes del Pacífico al otro. Para muchos surfistas obsesionados con las olas de primera categoría, esto es el paraíso. Bajo el agua comienza otro planeta por descubrir haciendo submarinismo, con tiburones ballena y arrecifes de distintos colores en Bocas del Toro.

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